Después de un encuentro personal muy fuerte con el amor de Dios, sentí en el corazón que debía dar un paso más. Fue entonces cuando una gran hermana y amiga me habló de los retiros del Padre Salvador. Yo estaba dando mis primeros pasos en la fe y confié plenamente en su consejo. Hoy puedo decir con certeza que fue una de las grandes bendiciones que el Señor ha puesto en mi camino.
Recuerdo mi primer retiro como algo profundamente impactante. Veía personas caer al suelo, llorar, levantar las manos, cantar, hablar en diferentes idiomas… y dentro de mí pensaba: “Aquí está pasando algo real, algo de Dios”. No sentí miedo, sino un profundo respeto ante la presencia del Señor. Tenía la certeza de que Él estaba allí… y de que el Espíritu Santo estaba obrando con libertad. Después comprendí mejor lo que estaba viendo: el descanso en el Espíritu, la alabanza, el don de lágrimas, la oración en lenguas… manifestaciones del amor de Dios que toca el corazón de sus hijos.
En ese primer retiro también recibí palabra de profecía que confirmaba una misión en mi vida y que hasta hoy custodio en mi corazón. Mi primera reacción fue pensar: “Con lo torpe que soy, seguro que se han confundido de persona”. Pero con el tiempo he aprendido que Dios no mira nuestra torpeza, sino nuestra disponibilidad. En el segundo retiro el Señor me regaló el don de lenguas y poco tiempo después el canto en el Espíritu.
En el último retiro (el cuarto: El Avance del Reino) viví también una sanación física muy concreta. Llegué al retiro con gafas de sol porque llevaba tres semanas padeciendo una fuerte fotofobia. Tenía que usarlas incluso en el trabajo y, al llegar a casa, lo único que deseaba era estar en una habitación oscura porque no soportaba la luz. Mis ojos estaban muy hinchados y me dolían mucho. El viernes del retiro prácticamente no podía aguantar ningún tipo de luz.
Durante uno de los momentos de oración viví una experiencia muy profunda con el Espíritu Santo. Sentí claramente cómo su presencia me envolvía y, sin que yo lo provocara, mi cuerpo comenzó a moverse. Poco a poco mi cuerpo fue colocado en forma de cruz: los brazos, las piernas y la cabeza se elevaron hacia arriba. Era una postura que, humanamente hablando, me resulta imposible mantener por mí misma. De hecho, después intenté reproducirla para comprobarlo y no fui capaz.
Mientras estaba en esa posición sentía una fuerza que nacía desde el corazón y ascendía hacia arriba. Era una fuerza muy intensa pero profundamente pacífica. A la altura de la garganta percibía calor y como si algo quisiera salir, no tuve ninguna vision y permanecí consciente en todo momento. No sentí miedo, al contrario: experimentaba una gran paz interior y simplemente me abandoné a la acción del Espíritu Santo.
Además, no he tenido dolor muscular posterior, algo que me llamó la atención teniendo en cuenta la intensidad de lo vivido.
Al mismo tiempo, con los ojos cerrados, noté que mis ojos comenzaban a moverse muy rápidamente de un lado a otro, de derecha a izquierda. Más tarde descubrí que esos movimientos se parecen mucho a los que se describen en una terapia utilizada para los traumas (EMDR). Para mí fue como si el Señor estuviera sanando también las heridas más profundas, las que no recuerdo.
Después de ese momento comencé a notar que la fotofobia iba disminuyendo. La sensibilidad a la luz empezó a bajar progresivamente y, cuando llegó el domingo, los ojos estaban desinflados y ya no me dolían. Pude quitarme las gafas de sol sin molestia. Desde entonces no he vuelto a necesitarlas, ni al trabajo ni en casa. Han pasado ya más de dos meses.
Comparto esto únicamente para dar gloria a Dios, porque estoy convencida de que fue el Señor, por medio del Espíritu Santo, quien actuó.
Escuchando las palabras del Padre Salvador también he comprendido algo muy importante. Los dones, los carismas, las manifestaciones, las experiencias fuertes con Dios —lo que a veces llamamos “golosinas espirituales”— son regalos preciosos, pero no son lo más importante. Lo verdaderamente importante es aprender a caminar con el Señor también cuando no sentimos nada, cuando el corazón no arde y atravesamos nuestras noches oscuras. La fe verdadera también se vive ahí.
En este ultimo retiro entendí con más claridad que seguir a Cristo significa entrar en una verdadera batalla espiritual. Una lucha diaria contra nuestro propio yo. Es morir cada día para que el hombre viejo vaya muriendo y nazca en nosotros el hombre nuevo en Cristo. Y en esa batalla el Espíritu Santo no nos abandona nunca.
Todos los retiros han sido para mí un camino profundo de sanación y restauración. Paso a paso el Señor ha ido reconstruyendo algo que durante mucho tiempo estuvo herido: mi identidad. La identidad de hija de Dios. También he aprendido a poner límites, a vivir con mayor libertad interior y a anhelar esa autoridad espiritual que tenía Jesús, una autoridad que Dios también concede a sus hijos cuando caminan con Él.
Solo puedo dar gracias al Señor por todo lo que ha hecho en mi vida a través de estos retiros.
Y quiero agradecer de corazón al Padre Salvador y a su comunidad por su entrega, su servicio y su fidelidad a la obra de Dios. El Señor se sirve de ellos para tocar muchos corazones.
Aconsejo vivamente a cualquier persona que tenga la oportunidad de vivir estos retiros que no la deje pasar. Porque cuando uno abre el corazón y deja espacio al Espíritu Santo, la vida puede cambiar… y a veces mucho más de lo que uno imaginaba.
Un abrazo
Anónimo
