Mi Madre vino a mi en el retiro de Perdón y Misericordia

Mi experiencia del amor de Dios en este retiro, de la que doy testimonio, fue en el descanso en el Espíritu. Tras una visión de cercanía de Dios empecé a llorar a borbotones, las lágrimas salían de mis ojos sin que pudiera controlarlas. No soy de los que lloran con facilidad pero en ese momento no había forma de parar. Decidí levantarme y salir fuera para ver si así paraba de llorar, pero no había manera.
Mi mujer al verme me pregunto que qué me pasaba y solo acerté a decir que no lo sabía, que no sentía dolor o tristeza pero que no podía parar de llorar. Como sería el mar de lágrimas que salía de mis ojos que me abrazó con fuerza y me dijo que si quería ir a rezar al Santísimo que estaba en la capilla, a lo que la contesté que sí.
Ya en la capilla y en adoración al Santísimo mis lágrimas eran todavía más abundantes y empecé a rezar a Dios en agradecimiento y alabanza. Hubo un momento en que mi mirada se quedó fija en la preciosa imagen de María Santísima que había en la capilla y sentí la serenidad y el amor que me transmitía y vi en ella una belleza y paz en la que no había reparado antes. Y mientras las lágrimas no dejaban de brotar, me atreví a preguntar a María Santísima: «Madre, ¿porqué estas lágrimas?, no estoy tan triste como para llorar así y además os estoy muy agradecido a Tí y a tu Hijo por todo lo que me habéis cuidado y protegido».
Así quedé rezando y mirando la preciosa imagen de María cuando de repente a mi alma vino lo siguiente: «Hijo, esas lágrimas son las que derramé por ti hasta que mi Hijo te rescató.» No hay palabras que describan el Amor que sentí, aparte de que mis lagrimas por fin pararon de brotar. Fue un momento de sanación inmenso, lo que agradezco a Dios por siempre.
No hay duda, Dios mismo viene a salvarnos personalmente a cada uno de nosotros y solo tenemos que abrirle nuestro corazón para que Él nos rescate y que, además, tenemos a María, que nos ama muchísimo, como abogada nuestra en el Cielo.
Gloria a Dios por siempre.