En la aflicción gritaste y te salvé

TESTIMONIO #107

Me llamo Clara. Espero que mi testimonio sirva para alabar a Dios, agradeciéndole todas las gracias que ha derramado sobre mi marido y sobre mí, en este retiro de sanación. También doy gracias a Dios por todo el equipo que, siendo fieles al Señor, se han entregado generosamente a Él con su trabajo, su esfuerzo y su oración por todos nosotros.

Primero contar que deseaba hacer el retiro, porque sin tener plena consciencia de la razón, sin embargo yo sabía que había cosas en mí que necesitaban ser sanadas. Soy una persona de oración y de Misa diaria. Con experiencia de Dios y de Su actuación. Pero, al mismo tiempo, siempre estaba con la sensación de que algo faltaba en mi vida espiritual. Como si algo no terminara de encajar. Y además, llevaba tiempo en que mi mal humor era más habitual que la alegría. Es como si la vida me hubiera arrebatado la alegría.

Lo primero de lo que me di cuenta, en la primera noche, delante del Santísimo fue: «Realmente no sé qué quiero pedir al Señor.» Bueno, sí. Pedí por mi marido, para que le sanara. Pero, a continuación, me di cuenta de que el Señor haría en él lo que tuviera que hacer. Ahora tenía que ser valiente y dejarme sanar yo. Y lo que me salió del corazón fue pedirle a Dios: «Por favor, devuélveme la alegría.»

Luego vino la confesión, la imposición de manos y lo que debió ser un descanso en el Espíritu. Y estando tumbada, una mujer me estuvo hablando, y lo que me dijo fue realmente lo que necesitaba oír de Dios. Literalmente me devolvió la alegría al corazón. Me liberó de pensar que tengo que vivir siempre preocupada, infundiendo en mi corazón la confianza en el Señor. Y además me corroboró mi devoción a Santa Clara. Cada vez que recuerdo todas esas palabras se me encoje el corazón y a la vez me lo hace gigante, lleno de gratitud a Dios, por escucharme y contestarme.

A continuación, me llevaron delante del Santísimo. Pude estar cerca de una hora mirándole con el corazón. Luego, cogí un papel de la Palabra. Decía: «En la aflicción gritaste y te salvé.» No puedo explicar cómo impactó mi corazón. El Señor me decía: «¿Has visto cómo venías? ¿Te acuerdas de lo que me has pedido? No olvides lo que te dije y recuerda siempre que soy Yo quien te salva.»

Yo pensé que ya me podía ir del retiro, feliz. Ya no podía esperar nada más. Ya había recibido lo que necesitaba.

Pero luego llegó el momento de vivir el embarazo y el parto de mi madre. Sí sabía cómo mi madre había rezado mucho al quedarse embarazada de mí, porque antes tuvo un aborto natural y el hermano anterior a mí tuvo ataques de fiebre siendo un bebé, por lo que lo medicaron y de pequeño lo pasó mal, aunque luego todo desapareció. Yo eso lo sabía. Y también que mi padre no llegó al parto. Estaba fuera y no pudieron localizarle. Durante la oración pude experimentar esa preocupación y la soledad de mi madre. Y pude experimentar cómo el Señor tenía una mano sobre mí y otra sobre mi madre. Él nos cuidaba: «Todo va a ir bien.» ¡Qué paz experimenté! Y lo más grande: pude hacerme consciente en mi corazón de que verdaderamente soy hija de Dios. Él me sostuvo en el vientre materno, desde que fui engendrada. Soy suya. Soy su hija. Me devolvió mi identidad de hija de Dios. Creo que nunca me lo había terminado de creer. Y ahora lo sé y mi corazón descansa. Siento como si hubiera tenido lugar en mí un nuevo nacimiento, por el agua y el Espíritu.

Veo que he empezado un camino de sanación. Un camino de aprender a ser hija y esposa. Un camino de dejarme hacer por el Espíritu Santo. Un camino en el que recordar, guardar y agrandar todas las gracias que he recibido. Un camino en el que aprender a vivir una nueva vida, la vida de la gracia, la vida del Espíritu.

¡Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios de los ejércitos! ¡Justos y verdaderos tus caminos, oh Rey de los siglos!

¡Gloria a Dios!