Mi nombre es Sara y soy una joven cántabra. Después de pasar por varias dificultades, el Señor me llevó hasta la Hospedería de la Santa Cruz, un lugar desde el que se divisa esa gran Cruz, símbolo de un Cristo resucitado que vive entre nosotros y nos ha dejado su Espíritu Divino.
Y justo eso es lo que he encontrado en el retiro. Aparte de compartir la unidad con el resto de hermanos que estábamos allí, el Espíritu Santo se derramó por completo en un momento concreto haciéndome caer; un «saltar al vacío» que implicaba confiar sabiéndome en las mejores manos. Ese hecho fue literal: el Espíritu hizo que al caer hacia atrás me sintiera protegida y amada, como si fuera «sujetada por ángeles» que me posaban con sumo cuidado en el suelo, como si estuviera bajando de las nubes. La sensación era de no querer salir de ese estado de amor embriagado, de saber que el Espíritu es real y tiene una fuerza imparable. Él solo nos pide confianza y fe.
No cabe duda de que el Padre Salvador es un instrumento vivo de Nuestro Señor Jesucristo. Sus carismas le han sido dados por el amor del Espíritu, y su experiencia de vida y vivencias son un referente que nos alienta a seguir adelante por dura que haya sido nuestra vida o graves nuestros pecados: la Misericordia de Dios no tiene límites. El Padre es una bendición del Cielo: un incansable mediador entre el Espíritu y nosotros. Su fortaleza, alegría, dinamismo y servicio son necesarios en este tipo de retiros a los que uno, a veces, va con «ciertas reticencias» al no saber muy bien dónde se mete.
De igual modo, todos los voluntarios y coordinadores, que en todo momento estuvieron atentos a nuestras necesidades y siempre disponibles, son esos angelitos por los que nos hemos sentido cuidados y acompañados.
GRACIAS a todos por hacer posible que ensanchemos nuestra alma y le demos al Espíritu Santo el protagonismo que se merece.
